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Este no es un mensaje contra el sindicalismo.

Es un llamado urgente a rescatarlo.

Los sindicatos no nacieron para ser cómodos. Nacieron para incomodar, para plantarse en defensa de la clase obrera, para defender al que labura. No nacieron para ser un negocio, mucho menos para ser un refugio de dirigentes/delincuentes (no todos) eternos.

Eran una herramienta de dignidad y para la dignidad obrera. Hoy, en demasiados casos —en el mundo y con una crudeza especial en la Argentina— esa herramienta fue tomada, vaciada y convertida en otra cosa. En una maquinaria cerrada, opaca, muchas veces más preocupada por conservar privilegios que por representar y proteger a los trabajadores.

NO FALLARON LOS SINDICATOS, FALLARON MUCHOS DE SUS DIRIGENTES.

Dirigentes que se enquistaron, que confundieron representación con propiedad. Que se alejaron de la realidad mientras hablaban en nombre de ella. Que negociaron más su permanencia que los derechos de quienes debían defender.

Eso no es sindicalismo, eso es degradación. Mientras tanto, el trabajador siguió ahí, laburando, perdiendo poder adquisitivo, viendo cómo quienes debían defenderlo parecían vivir, y vivían en otro mundo.

Cuando la representación se vuelve una ficción, la reacción es inevitable. Ahí es donde aparecen los “externos” (los outsiders), no por casualidad, no por magia. Aparecen porque alguien dejó un vacío. La llegada de figuras como Mauricio Macri o Javier Milei no se explica solo por sus discursos: se explica, en gran parte, por el hartazgo que generó ver instituciones que no estaban a la altura, incluyendo a sectores del sindicalismo. Cuando la gente siente que la dejaron sola, no pide permiso: rompe el molde, y en ese romper el molde, votan cualquier cosa, como los ya nombrados.

Esto no es un ataque a las instituciones, es una advertencia, porque las instituciones no se caen de un día para el otro: se vacían lentamente, desde adentro.

La CGT, los gremios, el sindicalismo (no todos), están en una encrucijada. O siguen siendo parte de una lógica cerrada que la sociedad ya no tolera… o se animan a una transformación real.

Y transformación real no es maquillaje, debe ser una alternancia de verdad. Debe ser transparencia total, debe terminar con los feudos, debe abrir las puertas a nuevas generaciones que no estén contaminadas por las viejas prácticas. Deben volver a caminar los lugares de trabajo y escuchar de verdad, no desde un country o desde sus autos de alta gama, SINO QUE DEBEN VOLVER A CAMINAR LOS LUGARES DE TRABAJO, DONDE ESTAN LOS LABURANTES.

LOS ULTIMOS AÑOS LO UNICO QUE HAN HECHO ES HACERCE MILLONARIOS, Y ESO PARA UN SINDICALISTA ESTÁ MAL, MUY MAL. NO ESTÁ MAL PARA LA VIDA PRIVADA, PERO SINDICALISTAS RICOS Y OBREROS POBRES, ESTÁ MAL, ESTÁ TAN MAL, QUE YA ROZA LA TRAICIÓN.

 

Un sindicalista representa a trabajadores cuyos ingresos, en general, son limitados y dependen de negociaciones colectivas. Su función es defender intereses, no acumular riqueza personal desde ese rol. Cuando aparece una gran fortuna, surgen tres problemas de fondo:

Primero, el conflicto de intereses.
Si quien negocia por salarios y condiciones de trabajo vive en una realidad económica totalmente distinta, es legítimo preguntarse si sus prioridades siguen alineadas con las de la base o si empieza a jugar otro partido.

Segundo, el origen de esa riqueza.
Un dirigente sindical no es un empresario ni un inversor por definición de su rol. Entonces, si su patrimonio crece de manera desproporcionada, ¿de dónde sale? Si no hay una explicación clara, transparente y verificable, la sospecha es razonable.

Tercero, la legitimidad.
La representación no es solo formal, es también moral. La confianza se sostiene en la coherencia. Un sindicalista puede tener una buena vida, claro. Pero cuando la distancia con el trabajador es abismal, esa legitimidad se erosiona, poque no se trata de prohibir la riqueza, sino de exigir coherencia, transparencia y límites. 

Los sindicatos y los sindicalistas hoy son más necesarios que nunca, pero no así, así, son parte del problema.

La oportunidad todavía está, pero no es eterna. Y esta vez, la sociedad ya no está dispuesta a mirar para otro lado.

“CON LOS SINDICALISTAS A LA LACABEZA, O CON LA CABEZA DE LOS SINDICALISTAS”.  

 
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