No es casualidad!!!
Algunos (Va, digámoslo de una, LOS GOBIERNOS DE ULTRADERECHA) pretenden instalar que el Estado es un estorbo y que la inversión pública en ciencia y educación es un gasto innecesario, la realidad vuelve a imponerse con hechos concretos. Cada vez que una Argentina/o forma parte de proyectos de la NASA, no estamos ante una historia individual aislada. Estamos frente al resultado de décadas de construcción colectiva.
Porque detrás de cada científico que cruza fronteras hay algo más profundo: hay aulas de universidad pública, hay docentes formados con vocación, hay laboratorios sostenidos muchas veces a pulmón, hay políticas de Estado que, cuando existen, siembran futuro. Y hay, también, instituciones como el CONICET que, con aciertos y dificultades, han sido pilares fundamentales para que ese talento no se pierda.
La presencia de Argentinos en proyectos espaciales de primer nivel no es un milagro ni un golpe de suerte. Es la consecuencia directa de un modelo que entiende que el conocimiento es una inversión estratégica. Que apostar por la ciencia, la tecnología y la educación no es un lujo, sino una necesidad para cualquier país que aspire a desarrollarse.
Argentina, de hecho, ya demostró que puede jugar en las grandes ligas cuando hay decisión política. El desarrollo satelital impulsado por ARSAT no fue una casualidad, sino el resultado de una visión que entendió la importancia de la soberanía tecnológica. En aquellos años, con un Estado presente y una conducción económica que defendía el desarrollo nacional, se consolidó una articulación entre científicos, ingenieros y políticas públicas que permitió al país diseñar, construir y poner en órbita satélites propios, generando capacidades estratégicas que aún hoy marcan una diferencia en la región.
No fue el mercado: fue decisión política, planificación y Estado.
Esa misma capacidad acumulada es la que explica que incluso en contextos políticos distintos, Argentina haya podido exportar tecnología de altísimo nivel. Durante la presidencia Mauricio Macri, Argentina le vendió un reactor nuclear a Holanda. Se trata de un desarrollo del INVAP, que firmó un contrato con la Fundación Pallas, por el diseño y construcción de un reactor de investigación y producción de radioisótopos para usos medicinales en la ciudad de Petten, Holanda del Norte. En diciembre de 2007, Holanda llamó a una licitación por este nuevo reactor, a la que se presentaron AREVA TA de Francia, KAERI de Corea del Sur, y el INVAP, que tiene su sede en la ciudad rionegrina de Bariloche. La oferta del INVAP fue elegida en junio de 2009.
Pero ese logro tampoco nació de la nada. Fue posible gracias a décadas de inversión sostenida, formación científica y desarrollo tecnológico impulsado desde el Estado. Es decir: incluso los éxitos que se concretan en distintos gobiernos descansan sobre una base previa construida con políticas públicas de largo plazo.
El problema es que esa evidencia se contrapone con un discurso cada vez más instalado: el de la desvalorización de lo público, el del ajuste como único camino, el de la ciencia como gasto prescindible. Y ahí aparece la verdadera discusión de fondo: no es técnica, es ideológica. Es elegir entre un país que invierte para desarrollarse o uno que se resigna a depender.
Porque cuando se recorta en ciencia, cuando se desfinancia la universidad pública, cuando se vacían organismos estratégicos, no se está “ordenando” nada: se está hipotecando el futuro. Y lo más grave es que ese costo no es inmediato, pero es profundamente estructural.
Sin embargo, no deja de ser paradójico: celebramos con orgullo a nuestros científicos cuando triunfan en el exterior, pero muchas veces los empujamos a irse. Los convertimos en motivo de orgullo… después de haberlos dejado sin condiciones para quedarse.
Por eso, cada logro Argentino en escenarios como la NASA debería servir no solo para emocionarnos, sino para incomodarnos. Para preguntarnos qué modelo de país queremos sostener en serio, no en el discurso. Uno que exporta talento porque no lo puede contener, o uno que lo potencia, lo integra y lo convierte en motor de desarrollo nacional.
Defender la universidad pública, fortalecer organismos como el CONICET y sostener políticas científicas de largo plazo no es una consigna ideológica: es una decisión estratégica. Es entender que el futuro no se improvisa… pero sí se puede destruir muy rápido.
Porque cuando un Argentino/a llega a la NASA, no llega solo. Llega con la historia de un país que, cuando apuesta por el conocimiento, demuestra que puede estar a la altura de cualquier desafío.
La verdadera pregunta no es cómo llegamos hasta ahí.
La verdadera pregunta es si vamos a estar a la altura para sostenerlo y eso, lejos de ser una excepción, debería ser la regla.